En aquel lugar de la Mancha, de Jerónimo López Mozo

Este texto dramático se compone de un solo acto, abierto y cerrado por el personaje del Lector. En él, a través de los vecinos de Alonso Quijano (no el personaje imaginado de don Quijote sino el personaje real), se narran los tres regresos a la aldea del hidalgo desde el punto de vista de estos personajes, secundarios en la novela original.
Esta entrada es una adaptación del texto «El Quijote y Cervantes en la obra de Jerónimo López Mozo» publicado en Recreaciones teatrales y alegorías cervantinas, ed. Carlos Mata Induráin, EUNSA, Pamplona, 2012.

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En una entrada anterior comentamos El engaño a los ojos (1997) de López Mozo. En esta ocasión nos acercaremos a su segunda obra quijotesca: En aquel lugar de la Mancha (2005). El autor explica la creación de esta obra en su artículo «Viaje de la novela al escenario de parientes, amigos y vecinos de don Quijote» (ADE Teatro, 2005): fue un encargo de Juan Antonio Hormigón con motivo del IV Centenario y captó la atención de López Mozo el hecho de que los personajes que debía utilizar no eran, como sucede con frecuencia, el hidalgo y su escudero, sino figuras extraídas de la nómina de secundarios de la novela. Esta condición fue la razón que decidió a Jerónimo López Mozo a escribir la obra, ya que en otras ocasiones había mostrado su rechazo hacia las adaptaciones de textos narrativos, y más concretamente del Quijote.

Si después de leer esta entrada os quedáis con ganas de leer la obra, está disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, aquí. También ha sido publicada en el número 107 de ADE Teatro, en 2005 (pp. 228-235).

Portada de En aquel lugar de la Mancha en ADE Teatro

La obra comienza con el recitado de las primeras frases del Quijote a cargo del Lector en un escenario casi vacío donde solamente hay una pequeña mesa y un ejemplar de la novela sobre ella. Es precisamente este personaje quien convoca a los demás a escena: aparecen el Barbero, el Cura y Teresa Panza y, poco después, el Ama, la Sobrina, Pedro Alonso y Tomé Cecial. Ya ha pasado tiempo desde la muerte de Alonso Quijano. El Ama y la Sobrina desconocen las aventuras que le sucedieron al hidalgo y el Vecino (Pedro Alonso, el labrador que recoge a Alonso Quijano tras su primera salida) narra su primer regreso a la aldea y recuerda también el segundo. A este recuerdo se unen asimismo el Cura y el Barbero. Mientras ellos dialogan, el Lector «… sale discretamente de escena y deja solos a los personajes».

Continúan el Cura y el Barbero describiendo de qué manera consiguieron trasladar a Alonso Quijano a la aldea engañado y encerrado en una jaula. Luego toman el relevo el Ama y la Sobrina para narrar cómo creyeron que el bachiller Sansón Carrasco podía haber calmado al hidalgo y convencerlo de quedarse en la aldea, cuando hizo todo lo contrario.

El tercer regreso, el último, dejó a Sancho maltratado y a Alonso Quijano mucho peor, pues murió poco después. El Cura comienza a narrar el retorno tras la batalla en la playa de Barcelona porque los demás no lo conocen; en ese momento aparece en escena el Caballero de la Blanca Luna para contar esos hechos en categoría de protagonista de los mismos. Tras la narración, Tomé Cecial (el escudero del bachiller en la primera farsa que este realiza) confiesa que él fue escudero de un caballero anterior, el Caballero de los Espejos y que este realmente era Sansón Carrasco. Este dato resulta ser un elemento sorpresa para varios de los personajes; no así para el lector-espectador de la obra que haya leído el Quijote. Por otra parte, Tomé explica el primer enfrentamiento del Caballero de los Espejos, pero no sabe que el Caballero de la Blanca Luna es también el bachiller, y cuando este se quita el yelmo se produce la segunda sorpresa. Finalmente, la Sobrina invita a todos a continuar la charla almorzando en su casa y los personajes salen de escena. Solo permanece el Bachiller, que al quitarse la peluca resulta ser el Lector; coge la novela cervantina y lee el último capítulo (que es, realmente, una adaptación del mismo) para cerrar la pieza dramática.

En relación con los personajes de En aquel lugar de la Mancha, se presentan el Lector del Quijote y ocho vecinos de la aldea del hidalgo cuyos nombres ya hemos señalado. En un momento determinado también Sancho es mencionado por su esposa, como un referente próximo que, solo en ese instante y a través de ella, cobra presencia en el escenario:

Teresa.– Me he ido y he vuelto. Dice Sancho que si su nombre va a estar en boca de todos, estoy mejor aquí que a su lado, y que no tenga tristeza de dejarle solo, que lo que importa es escuchar lo que vuesas mercedes dicen y cuidar de que lo que le toca a él se ajuste a la verdad, no sea que su fama quede en entredicho.

El personaje más interesante de la pieza es el Lector, que a su vez es el Caballero de la Blanca Luna y el bachiller Sansón Carrasco, además del Caballero de los Espejos, a pesar de que este último rol no lo interprete sobre las tablas. Asimismo, actúa en la obra a modo de director de escena, introduciendo a los demás personajes y creando la situación propicia para que ellos mismos continúen la pieza:

¡Vengan acá, que ya empezamos! (Nadie sale.) ¿No me han oído? ¿Qué sucede? (El Lector cierra el libro y se dirige a un lateral.) ¡El público está esperando!

El resto de personajes de En aquel lugar de la Mancha, todos vecinos de la aldea manchega de Alonso Quijano, puede dividirse en dos grupos dependiendo de su relación con las aventuras del hidalgo: aquellos que no han salido nunca de la aldea (el Ama y la Sobrina) y los que han presenciado, de forma más o menos intensa, alguna aventura de Alonso Quijano (el resto de vecinos). Estos últimos son los que narran a los primeros los tres regresos a la aldea. Asimismo, hay que señalar también que, a diferencia del Lector, estos personajes no han leído la obra y no conocen los hechos en los que no han tomado parte, a pesar de que sí conozcan la existencia de la novela. La excepción a esto es el Cura, que sí parece haber leído la obra cervantina por dos referencias que realiza:

Una mañana, saliendo a pasearse por la playa de Barcelona armado de todas sus armas… 

¿Quién le pide que nos prepare un banquete como el de las bodas de Camacho (…)?

Ambos comentarios no habrían sido posibles si el Cura no hubiese leído la obra.

Este manejo del texto original cervantino dentro de la obra es su aspecto más destacable, y es además el elemento que más enriquece esta revisión del Quijote. Por ejemplo, observamos que los personajes tienen conciencia de pertenecer a la novela, a pesar de que no la hayan leído:

Ama.– (…) Aquí hemos de sentirnos a gusto, entre gente que conoció a mi señor, aunque no sé qué pinta en este cónclave Tomé Cecial.

Tomé.– Yo estoy en ese libro, menos veces que tú, pero estoy, como a su tiempo se verá.

Ama.– (Al Lector.) ¿Tiene razón Tomé?

Lector.– La tiene.

Ama.– Quédate en buena hora, Tomé, si este caballero lo aprueba, pues, aunque no sabemos quién es, ya vemos que siente afecto por don Alonso, y eso es suficiente para tenerle confianza.

En esta cita también vemos otro elemento importante: los personajes no conocen al Lector porque pertenecen a realidades diferentes; mientras que los vecinos de don Quijote surgen de la novela cervantina, el Lector es un personaje creado muy posteriormente por López Mozo. Los mismos personajes de la obra se dan cuenta de esta diferencia en un juego metaliterario donde, además, los seres de ficción se plantean cuestiones sobre los textos reales donde aparecen.

Finalmente, otras dos características del juego metateatral que realiza López Mozo en esta pieza son la autonomía de los personajes y su capacidad de reflexión. Los personajes se muestran como individuos independientes con una personalidad determinada resultado de su evolución, puesto que son ellos los que deciden qué sucede en la obra. Es más, la pieza dramática consiste en los diálogos que ellos mantienen, y, por otra parte, esta autonomía de los personajes conlleva a su autorreflexión y a que se planteen su papel en el texto. Esta capacidad de introspección de los personajes tiene una función literaria concreta: motivar la reflexión del lector-espectador sobre el texto y las urdimbres y artificios que lo componen, más allá de su contenido.

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